
Mi cuerpo cambió… pero esto fue lo que pasó con mi fe
- yaritzabarreto7

- 24 abr
- 2 min de lectura
¿Cómo te sentirías si tus manos no pudieran peinar tu cabello… o si tus brazos no pudieran expresar un acto tan simple y a la vez tan profundo como abrazar a las personas que amas?
Tal vez es una pregunta que nunca te has hecho.
Para mí… es parte de mi realidad.
Poco a poco, mi condición de distrofia muscular ha ido arrebatando muchas de mis habilidades del día a día. Cosas que antes hacía sin pensar, hoy requieren esfuerzo… o simplemente ya no puedo hacerlas.
Y sí, he sentido frustración.
He llorado en silencio.
He atravesado momentos tan difíciles que a veces ni siquiera sé cómo explicarlos con palabras.
Hay días en los que el dolor pesa más… no solo en el cuerpo, sino en el alma.
Pero incluso ahí… en ese lugar donde parece que todo se debilita, algo dentro de mí ha permanecido firme.
He sentido una mano.
No una mano física… sino una presencia invisible constante, sobrenatural, que me sostiene cuando siento que no puedo más.
Que me levanta cuando mis fuerzas se agotan.
Que me susurra en medio del silencio: “Sigue… no estás sola.”
Esa mano… es la mano de Dios.
La Biblia habla de una mujer que llevaba años sufriendo en su cuerpo. Había perdido mucho… fuerzas, recursos, esperanza. Pero dentro de ella aún quedaba fe. Y un día decidió acercarse a Jesús, aunque fuera con lo poco que le quedaba. Pensó: “Si tan solo toco su manto, seré sana.”
No necesitó fuerzas completas… solo fe suficiente para acercarse.
Y yo me veo en ella.
Porque vivir con una condición debilitante no solo transforma tu cuerpo… transforma tu manera de ver la vida, tu relación con el dolor, y muchas veces, tu forma de depender de Dios.
También recuerdo cuando el apóstol Pablo hablaba de su “aguijón en la carne”. Le pidió a Dios que se lo quitara… pero la respuesta no fue sanidad inmediata. Fue algo más profundo:
“Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad.” (2 Corintios 12:9).
Y entendí algo que cambió mi perspectiva:
Dios no siempre elimina el proceso… pero nunca deja de acompañarte en él.
Hoy, mi historia no es perfecta.
Mi cuerpo tiene límites.
Mis días no siempre son fáciles.
Pero mi fe… tiene un fundamento firme.
Porque aun cuando siento que no puedo sostenerme, hay una promesa que me abraza:
“No temas, porque yo estoy contigo… siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.” (Isaías 41:10)
Y esa es la verdad que me levanta cada día.
Si estás atravesando un momento difícil, si tu cuerpo, tu mente o tu corazón están cansados… quiero decirte algo desde lo más profundo de mi experiencia:
Dios no te ha soltado.
Ni un solo día.
Ni en el dolor.
Ni en el silencio.
Y aunque no siempre entendamos el “por qué”… podemos descansar en el “con quién”.

Y mientras Él esté conmigo… seguiré adelante. 🤍




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